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Director Espiritual

DSC 8439A todos los hermanos y hermanas de la Hermandad de la Soledad: Paz y Bien.

¿Es oportuno en estos tiempos en que tanto se habla del respeto a la ley, del imperio de la ley y del cumplimiento y la exigencia de la justicia, hablar de MISERICORDIA? No es solo necesario, es urgente. Nuestro tiempo parece haberse olvidado del tema de la misericordia: "es triste constatar cómo la experiencia del perdón en nuestra cultura se desvanece cada día más; incluso la palabra misma en algunos momentos parece evaporarse". El Papa Francisco hace suyas las palabras de Juan Pablo II en la encíclica "Dives in misericordia". Decía Juan Pablo II: "la mentalidad contemporánea, quizás en mayor medida que la del hombre del pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende además a orillar de la vida y a arrancar del corazón humano la idea misma de la misericordia. La palabra y el concepto de misericordia parecen producir una cierta desazón en el hombre."

La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia, que es "el corazón palpitante del Evangelio". La Iglesia debe hacer suyo el comportamiento de Jesús, para quien la misericordia no es un concepto abstracto, es algo real que se manifiesta en sus obras. Jesús, ante la multitud que le sigue y que está extenuada, con hambre y desorientada, sin guías, les instruye y multiplica los panes y los peces. También la vocación de Mateo se encuentra en el horizonte de la misericordia. Pasando delante del recaudador de los impuestos, Jesús mira a Mateo; es una mirada cargada de misericordia, que perdonaba los pecados de aquel hombre, y Jesús lo llama, lo recibe y lo escoge como discípulo para que sea uno de los Doce, venciendo la resistencia de los otros discípulos, porque se trataba de un publicano, un pecador.

Pero no solo anunciar, también practicar. La Iglesia ha de vivir en primera persona la misericordia, de otra manera su mensaje carecería de credibilidad. Su mensaje, sus gestos deben trasmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas para motivarlas a reencontrar el camino hacia el Padre misericordioso. La Iglesia debe hacer presente, evidenciar la misericordia del Padre: "En nuestras parroquias, en nuestras comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, donde quiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia".

Y no es cuestión de decir: la Iglesia tiene que practicar la misericordia. La Iglesia somos todos, por eso, a todos se nos pide ser misericordiosos como el Padre.
Es una meta muy alta un programa de vida tan comprometedor como lleno de alegría y paz. Es necesario colocarse a la escucha de la Palabra para comprender la misericordia de Dios y asumirla como propio estado de vida. Para alcanzar esta meta es necesaria una peregrinación, algunas de cuyas etapas serían:
• No juzgar y no condenar. Comentando el texto de Lc 6,37-38,: "No juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis y no seréis condenados, perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida que midiereis se os medirá a vosotros" , el Papa Francisco dice : "Si no se quiere incurrir en el juicio de Dios, nadie puede convertirse en juez del propio hermano... No juzgar y no condenar significa, en positivo, saber percibir lo que de bueno hay en cada persona y no permitir que deba sufrir por nuestro juicio parcial y por nuestra presunción de saberlo todo".

• Se puede dar un paso más: Perdonar y dar. Ser instrumentos de perdón porque antes nosotros hemos sido perdonados por Dios. Ser generosos con todos, porque también Dios ha derramado su benevolencia sobre nosotros con magnanimidad. "Dejar caer el rencor, la rabia, la violencia y la venganza son condiciones necesarias para vivir felices".
Se nos invita también a reflexionar sobre las obras de misericordias corporales y espirituales. Creo que las tenemos un poco en el olvido; las aprendimos en el catecismo y ahí se han quedado. Sin embargo, el Papa, evocando el capítulo 25 del evangelio de Mateo, nos recuerda que Jesús pone estas obras de misericordia como piedra de toque para saber si vivimos o no como discípulos suyos. No podemos escapar de las palabras del Señor y en base a ellas seremos juzgados: si dimos de comer al hambriento, de beber al sediento... No olvidemos las conocidas palabras de San Juan de la Cruz: "En el ocaso de nuestras vidas seremos juzgados en el amor".
Amor, misericordia, perdón... ¿y la justicia? Después de unas durísimas palabras de condena al terrorismo y la corrupción, el Papa se plantea la relación entre justicia y misericordia. La misericordia no es contraria a la justicia, sino que expresa el comportamiento de Dios hacia el pecador ofreciéndole una oportunidad más para examinarse, convertirse y creer; Dios refrena mas bien su justa ira, él mismo se retira, se repliega – por así decir-. Concede al pecador un plazo de gracia y desea su conversión; es precisamente la gracia la que posibilita su conversión.
"Si Dios se detuviera en la justicia, dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. Por eso Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón.
Pero esto no quiere decir que la misericordia de Dios nos permita todo. La justicia de Dios no puede ser minimizada, pensada como generosa benevolencia que hace la vista gorda ante nuestros errores y maldades. La misericordia no nos lo consiente todo. La misericordia no significa restarle valor a la justicia o hacerla superflua, al contrario: quien se equivoca deberá expiar la pena.
La misericordia de Dios no puede ser una excusa para mantenernos de espaldas a ese Dios que en su misericordia siempre nos ofrece una segunda oportunidad.

Fray Adolfo Diez Bartolomé , OFM.

 

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