Director Espiritual

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MARÍA, MADRE DE LA ESPERANZA

 

 

Hermanos: ¡Paz y Bien!

En los días otoñales comenzamos un nuevo año cristiano con la celebración del tiempo litúrgico de Adviento. Pero, ¿qué es el Adviento? ¿cómo hacerlo vida, para que nuestra fe se trasparente en nuestra existencia de cada día?

El Adviento es prepararse para la venida de Jesucristo, Salvador universal y escatológico, es decir, definitivo... Esto lo habremos escuchado muchas veces; sin embargo, fácilmente olvidamos que hay una triple venida del Señor Jesús:

*Cristo vino en el momento cumbre de la Historia, cuando nació de Santa María Virgen, hecho Hombre igual en todo a nosotros (menos en el pecado): esto es lo que celebraremos y haremos presente litúrgicamente en las próximas Fiestas de Navidad.

*Cristo vendrá al final de los tiempos, en la Parusía, -cuando llegue a su término el discurrir histórico de este mundo- para juzgarnos a todos con misericordia: es lo que solemos llamar el Juicio Final.

*Pero Cristo también quiere venir cada día a nuestro corazón, haciéndose presente con su Luz y su Fuerza en nuestra vida: y esto exige de nosotros saber colaborar con Él usando rectamente la libertad, encauzando todos nuestros esfuerzos en vivir como verdaderos hombres y mujeres de fe.

¿Cómo prepararnos, pues? Antes que nada, hemos de partir de nuestra propia realidad con intención de mejorarla, recordando que Dios (como leemos a lo largo de toda la Sagrada Escritura) nos llama a cada uno “por nuestro nombre”: es decir, teniendo en cuenta nuestra forma de ser, nuestra edad y nuestras circunstancias de vida... Dirijamos los ojos (más los de nuestro corazón que los de nuestra cara) a nuestra Madre María: después de Jesús, Ella es nuestro singular ejemplo de vida cristiana. Y, así, en Adviento la Virgen se convierte en nuestra particular Maestra y Compañera de camino, en Madre de la Esperanza; y es que María supo mejor que nadie preparar los caminos a su Hijo, esperando su venida con maternal cariño.

Por tanto, la preparación que nos pide el Adviento sólo podremos llevarla a cabo viviendo la virtud cristiana de la esperanza, (una de las virtudes teologales, que son las que nos introducen, aun con las imperfecciones de este mundo, en la misma vida del Dios Trinidad). Pero ¡cuidado! La esperanza cristiana – la que nos enseña María Virgen - no es una mera espera pasiva (es decir, esperar a que “nos los den todo hecho”), sino confiar de tal manera en Cristo –creer tan firmemente en sus promesas, sin descuidarnos- que nos esforzamos por poner cada día nuestro “grano de arena” en la obra salvadora del Señor... “La salvación está cerca”, nos dice San Pablo (véase la Carta a los Romanos 13,11); por eso, vivir la esperanza es colaborar decididamente con el Señor Jesús para que su Reino de paz y caridad llegue a todas las gentes, (partiendo de nuestro propio ámbito de vida, ya que “el bien –si es verdadero- se difunde por sí mismo”). Se trata, hermanos, de centrarnos en Cristo, (de “estar en vela”: véase San Mateo 24, 42-44), a fin de que nuestra vida de fe sea significativa para todos; dicho con otras palabras: se trata de hacer realidad lo que decía San Francisco de Asís: “el mejor predicador es fray ejemplo”, no sea que tengamos una apariencia muy “cristiana”, muy de Hermandad, pero en el fondo nuestra forma de vida cotidiana desdiga de lo que nos pide Jesucristo, siendo incluso un escándalo para los demás.

Pidamos ayuda a la que es Madre de la Esperanza, virtud teologal que en su Soledad supo la Virgen vivir admirablemente: María nos enseña a acoger cada día como un regalo del Señor, deseando para los demás lo mismo que deseo para mí: todo lo mejor, iluminado por la fe en Cristo Jesús, verdadero y único Salvador... Pero Dios siempre va a respetar nuestra libertad; por eso, como la Virgen, hemos de vaciarnos de nosotros (en nuestro caso, de nuestro egoísmo), para dejarnos llenar del Espíritu Santo (véase San Lucas 1, 26-38) y –como nos dice San Francisco- dar a luz a Cristo cada día por medio de nuestras buenas obras (véase su Carta a todos los Fieles).

Hermanos, no desaprovechemos el tiempo litúrgico de Adviento; pongamos todo lo que esté de nuestra parte por hacer vida, de la mano maternal de María, la virtud de la esperanza, Ella que ha acogido en su Corazón de Madre toda nuestra soledad y angustia y las ha cambiado en una hermosa compañía; así, como la Virgen y San Francisco, podremos vivir como hijos de Dios y hermanos de todos, sembrando la Paz y el Bien, cada día, llenos de ilusión y de entrega.

¡Que el Señor os bendiga a todos!

Fr. Luis Vicente García Chaves, O.F.M.

Director Espiritual  

 

Oración de San Francisco de Asís al  Cristo de San Damián

 

¡Oh alto y glorioso Dios!

Ilumina las tinieblas de mi corazón; dame fe recta, esperanza cierta, caridad perfecta; acierto y conocimiento, Señor, para cumplir tu santo

y veraz mandamiento. Amén.

 

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